El control de las emociones en el poker

El poker es un juego muy estresante y hasta dramático, desde el punto de vista de las emociones que genera en los jugadores, especialmente a cierto nivel. Las pérdidas continuas y los errores pueden hacer estragos en los nervios de cualquier jugador.

Un consejo que puede resultar útil recordar antes (y después de cada partida) es la del legendario entrenador de fútbol americano Joe Paterno: “Nunca eres tan bueno como piensas que eres cuando ganas, y nuca eres tan malo como crees que eres cuando pierdes”. Muy acertado, aunque a veces resulta difícil internalizar el concepto. Cuando jugamos poker no es sencillo separar lo que debemos a la habilidad (o a su falta) y lo que debemos a la suerte (buena o mala). Por eso nos resulta complicado analizar nuestro propio juego.

Cuando perdemos tendemos a simplificar, nos sentimos desilusionados de nosotros mismos y ni hablar si tenemos una mala racha de varias sesiones seguidas. En ese caso es probable que lleguemos a cuestionarnos nuestra habilidad para el poker y comencemos a perder la confianza. Muchos dudarán de volver a jugar alguna vez; otros seguirán intentándolo pero esa misma falta de confianza los llevará a cometer errores. Debemos entender que podemos perder por muchos factores, incluyendo la suerte, y la mala actitud no contribuye a salir de la situación.

Hay otro tipo de jugadores que no pierden el espíritu en ninguna situación. Atribuyen las derrotas a la mala suerte, aceptan que algunas veces pueden no jugar del todo bien y no evalúan demasiado las partidas. Lo malo de esta actitud es que, probablemente, estos jugadores nunca saldrán de un nivel medio de juego, porque no analizan si deben mejorar algún aspecto.

Ganar, por el contrario, nos pone eufóricos, más aún si tenemos una buena racha. Alimenta nuestro ego y comenzamos a creer, peligrosamente, que somos mejores que todos nuestros oponentes. Aunque la confianza en nosotros mismos es indispensable en el poker, el exceso puede impedirnos evaluarnos con claridad y mejorar lo que aún se puede mejorar. Creemos que somos buenos, y no nos detenemos a pensar si podríamos ser mejores. Este estado emocional es tan peligroso como la depresión del perdedor.

Dar un paso atrás, tanto cuando ganamos como cuando perdemos, y evaluar con la mayor objetividad posible nuestro juego, nos permitirá encontrar mejores estrategias, evadir el tilt, y aprender a tomar mejores decisiones.


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